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Obviamente, no voy a intentar restar importancia a tal suceso. Ni la vida ni el fútbol, dejarán de ser sinónimos de la palabra injusticia.

Pero permíteme, Álvaro, explayar ya mis inmensas ganas, de escribirte lo que a continuación voy a decir.

De nuestro afecto no te vas a retirar, Álvaro. Jamás.

Te lo has ganado a pulso. Desde el primer día. Desde aquella aparición fulgurante de un canterano ilusionante, que se afianzó desde el primer momento, en la defensa de un equipo, que necesitaba de empujones con el corazón, para salir de la oscuridad de la que venía. Empujones que diste con todo el orgullo que siempre demostraste al vestir una camiseta que es tuya, y que siempre nos dejaste ver que lo fue, en mayor medida en los malos momentos, como el gran ejemplo que eres.

Gracias, por ser clave en los dos primeros títulos que recordamos, una generación de atléticos como yo.

Gracias, como atlético, y en mayor medida como persona, por tu cariño, simpatía y atención hacia el aficionado rojiblanco. Porque siempre te recuerdo una sonrisa de bondad ante nosotros, porque conozco pocos jugadores con la disposición que siempre has tenido tú, de estar cerca de la gente, aquí, y lo que te hace más grande, desde que te fuiste a Alemania.

Gracias, Álvaro, por llevarnos siempre contigo. En las finales de Champions, pese a no ser jugador de este equipo, en tu día a día, como siempre nos has demostrado, o en tus peores momentos personales, como son estos días.

No intento restarte pena por algo tan jodido como retirarte del fútbol, Álvaro, pero estoy seguro, de que en un tiempo, ser parte diaria del corazón de tanta gente tan grande como lo eres tú, te sacará una de esas sonrisas que tanto te caracterizan.

Espero que pronto, muy pronto, el Atlético de Madrid, nos facilite acercarnos, aún más de lo mucho que tú ya haces, a ti.

Gracias, Álvaro, por ser uno de los nuestros. De eso tampoco te retirarás jamás. Nos vemos en el Vicente Calderón.

 

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