Compartir
Antoine Griezmann pugna con Rosales por el esférico. (Fuente | Atlético de Madrid)

La atmósfera que rodeó el nuevo templo del aficionado rojiblanco fue especial desde el primer momento. Desde bien temprano se comenzó a preparar una jornada histórica para el club, pero el plato fuerte llegó a las 20.45h. Las banderas, los 63.000 hinchas, los jugadores y Simeone. A todo esto, hay que sumarle una puesta en escena a la altura del evento que puso la guinda con el saque de honor de Gárate, Torres y Hugo -canterano atlético-, la salida de los jugadores y los versos colchoneros tronando desde los altavoces del nuevo estadio. Los ingredientes estaban a punto para preparar una cita emotiva e importante para el conjunto rojiblanco. La gente ya no va al Manzanares, pero como dijo Torres: “hay que llenarlo de magia”.

Para todos fue una noche extraña, con sentimientos encontrados entre el pasado y el presente, pero con el optimismo de ver a Simeone en el área técnica con sus aspavientos habituales y once guerreros sobre el verde. Todo en orden, comenzó el encuentro. Sin embargo, al igual que pasó con el ramo de Margarita, ubicado en la misma esquina que en el ya jubilado Calderón, hay tradiciones que se han extrapolado, sin mayor consecuencia, al nuevo Metropolitano: el unocerismo.

El dominio del tempo, del esférico, ahora recaen sobre los hombros de los rojiblancos. Koke, Saúl y Thomas, con la inestimable vigilancia de la vieja guardia de ‘Gabi’, invitan a sobar el esférico, forjar la jugada y apuntillar en territorio rival. El problema es endémico: falta de gol. El Atlético languidece de un delantero que sea una referencia para los defensores rivales, lo que permitiría a Griezmann o Correa abandonar la zona de ataque y ayude a despejar con pases por dentro y desmarques la frondosa zaga.

El partido dio cuenta, además, del nerviosismo y ansiedad por anotar el primer tanto de la historia del estadio algo que no jugó a favor del Atlético. Lo tuvo el Málaga para adelantarse y chafar la fiesta atlética, pero Jan Oblak, como de costumbre, volvió a salvar a los chicos de Simeone. Su brazo, sí, permitió que Borja Bastón no fuera el primer jugador en celebrar un gol bajo los focos del Metropolitano. Así, con alguna acción de peligro local, el árbitro mandó a los equipos al vestuario para reformular el plan.

Carrasco por Thomas. Primer cambio de piezas y primera fórmula que desestabilizó el sistema defensivo malacitano. El desborde y velocidad belga conjugan a la perfección con partidos cerrados, estáticos en ataque, que necesitan de chispa para abrir el campo y perforar las mallas visitantes. El inicio fue fulgurante, pero el fuego se apagó con el paso de los minutos. La figura de Torres planeaba sobre el terreno de juego, pero Correa retrasó su entrada. Finta a derecha, se va a la siniestra, vuelve a su diestra y pone el balón en el área chica para que Griezmann, desaparecido del partido hasta entonces, remató para implantar el ‘unocerismo’ y poner en ventaja al Atlético.

Los pupilos de Simeone comenzaron a pausar el encuentro: posesión en zonas confortables, pases de seguridad y calma para elaborar jugadas. El Atlético lo tenía en el bolsillo, pero sin sufrimiento no podía existir bautizo para el nuevo estadio colchonero. Rolan entró vertical al área de Oblak, se deshizo de Juanfran y Godín para armar un potente tiro que el cancerbero esloveno resolvió lanzando a córner. Simeone pedía más a la grada, había que rubricar la victoria y los tres puntos. Así fue. El Atlético firmó la victoria, deja los primeros tres puntos en el Metropolitano y asegura los cimientos de una temporada ilusionante e histórica a la vez.

Comments

comments

Deja un comentario