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Igual que en un día de reyes, los atléticos se congregaron ayer en su nuevo estadio para abrir el más ansiado de los regalos.

Un estadio al que muchos miraban con rechazo y es que, es imposible que no se acordasen de su tan querido Estadio Vicente Calderón. Cincuenta años de historia rojiblanca en unas gradas que escuchaban con recelo lo que estaba sucediendo en el este de Madrid.

Las aguas del Manzanares se agitaban enfadadas porque los suyos se habían ido a otro lugar pero, si ellas viesen lo que los sesenta y ocho mil afortunados disfrutamos en el Wanda Metropolitano, lo entenderían todo.

Las puertas del nuevo feudo del Atlético de Madrid se abrieron a las 19h, desde ese momento, a lo lejos de las mismas se podía observar la grada media del nuevo estadio, una grada que te llamaba a entrar, a descubrirla.

Como aquellos niños que se levantan de madrugada el día de reyes porque no pueden esperar más a abrir lo que sus majestades les han dejado, miles de rojiblancos accedieron al estadio, desde ese momento nada iba a ser lo mismo para ellos.

La sensación al entrar es indescriptible, es imposible buscar una palabra que defina lo que cada uno de los que allí estuvimos sentimos al entrar. Seguramente por las fotos que nos enseñaran desde las plataformas del club tendíamos una idea pero, todo se elevó a mil.

Una vez acomodado y consciente de donde estabas y lo que podías sentir, una actividad muy gratificante era ver las caras de la gente. ¡Qué rostros!, la misma cara que seguro habías puesto tú al entrar. Sonrisas, diversión, abrazos e incluso lágrimas. El rechazo se había convertido en la intriga y en el deseo de conocer ese nuevo lugar.

Le falta mucho a este lugar para parecerse si quiera lo más mínimo al Estadio Vicente Calderón, de momento lo estamos tiñendo. Han tardado años en levantarlo, nosotros tardaremos muy poco en llenarlo de sentimiento. El Calderón se traslada al este de Madrid, que esas caras de emoción se repitan en cada partido.

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