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Tifo atlético en Milán 2016. (FUENTE|Atlético de Madrid)

Estado de ánimo o disposición emocional hacia una cosa, un hecho o una persona. Esa es la definición de sentimiento según el diccionario. Volvamos a leer. Disposición emocional. Emociones. Algo intangible, pero totalmente necesario para el ser humano.

El fútbol en España sentó un poso hace cien años del que difícilmente podemos despegar de emociones en la sociedad actual. El fútbol, tradicionalmente de la clase obrera y humilde, que carente del ocio que proporcionaba el dinero, vio en el deporte de la pelota una fuente de sensaciones que no se producían en su rutina. Esas emociones, con el tiempo, se fueron intensificando, haciéndose fuertes, generando un gran vínculo entre aquellos que veían o practicaban fútbol, con los colores de la camiseta que se ponían o veían desde las gradas. Nacía el sentimiento.

Y no nos engañemos, todos, absolutamente todos, en este país, conocemos a alguien con un fortísimo sentimiento hacia un equipo de fútbol. Una serie de emociones que le agolpan el pecho domingo tras domingo, aunque a día de hoy puede ser que casi cualquier día de la semana pase por sus dos horas de dosis sentimental. Esas emociones no las percibe desde otra fuente, desde otro apartado de su vida. Y como él , millones. Algo habrá hecho el fútbol bien, para que sean tantos los que se enganchan a una auténtica droga emocional.

Alguien vio un negocio en ello, también hace muchos años. Quizá atraído por el propio atractivo, valga la redundancia, del fútbol en sí. El primer empresario del fútbol seguía fútbol por emoción y sentimientos, puesto que no había otra alternativa de llegar a ver negocio de algo que no atrajese desde un principio.

Es por eso que no se puede despegar el fútbol de los sentimientos. Irracionales todos ellos, pues un sentimiento no es más que una expresión animal de nuestro ser, carente de raciocinio, pues generalmente no nos aporta nada tangible. Es todo cosa del coco, de la cabeza, aunque decimos que es del corazón.

Y no es que nos llegue a aportar, sino todo lo contrario. Nos destruye, nos mina, nos deshace. Sufrir lo insufrible por once señores que pelean por introducir un balón entre unos palos. Gastarnos dinerales que no tenemos en desplazarnos hasta los recintos donde juegan, por comprarnos la ropa con la que disputan los partidos, alquilar un asiento temporada tras temporada, privándonos de otros lujos que podríamos tener para, simplemente, ver a esos once señores detrás del esférico.

La explicación es sencilla. Sentimiento. Gracias a esos once señores, un individuo se siente representado en una masa gigante de gente. Se crean vínculos entre personas, amistades, amores. Se viven experiencias únicas, viajes que se recuerdan toda la vida, tardes y noches que hablarás con los tuyos durante años. Todo eso se comprime en un escudo y una camiseta.

Y eso, en una ciudad como Madrid, todavía carece de más razonamientos. El Real Madrid es el equipo que gana, el que sale en todos los medios de todo el planeta. Aquel donde millones de personas desean estar, jugar, hacerse fotos, visitar su estadio, tener su camiseta. Alimentar a un club que se convirtió en un verdadero negocio. El negocio, es el Real Madrid. El que no falla, el héroe que siempre vence. El que tiene sus sótanos repletos de trofeos y más trofeos. El que genera tanto dinero en un día como el que podemos ganar el lector y yo en una vida entera. El negocio del siglo.

El Atleti no.

El Atleti no es el héroe, no es el que siempre vence. No significa que de vez en cuando no lo haga, pero falla. Tiene trofeos, muchos, pero no el sótano repleto. Genera dinero, sí, pero sólo propiciado por aquel que, irracionalmente, se acerca a él. El Atleti no es un negocio, y si así lo fuera, no es rentable.

El Atleti es la mayor obra a la irracionalidad que puede existir. Elegir el barro habiendo oro a apenas unos kilómetros. Elegir vivir en la clase pudiente en vez de vivir en la opulencia. Elegir ser humano en vez de querer ser una deidad. Elegir el reflejo de lo que, la gran mayoría, somos. Personas que fallan, que se equivocan, que tienen trofeos, pero no el salón repleto. Que sueñan con llegar a ser un día millonarios, pero que también son felices sin serlo.

Como negocio, el Atleti es un sistema fallido. ¿Quién quiere echar una moneda a un pozo, teniendo al lado una máquina expendedora de refrescos y bocadillos? Sólo aquel que, irracionalmente, cree que esa moneda tirada al pozo le cumplirá un deseo mayor que un bocata y una Coca-Cola. Generalmente, el deseo no se cumple. Esporádicamente, sí. Y cuando eso sucede, cuando se crea el milagro, el que ha tirado la moneda al pozo explota en felicidad, en emoción. En sentimiento. Y cuando no sucede, resignado, saca otra moneda del bolsillo, rezando porque no sea la última, y la vuelve a lanzar irracionalmente al pozo, por pura emoción. Menudo negocio, eh.

Este escrito está movido por la indignación de aquel que se da por aludido y al que se cree que le toman por tonto cuando elige tirar la moneda al pozo y no considerar que eso es un negocio. Y también por aquel que nos toma por tontos por querer hacerlo. Sí, ese de la capa blanca que también toma por tontos a los de la ciudad condal por echar su moneda a otra máquina expendedora que no es la suya. Soy, y somos del Atleti, porque nos da la real gana. Como podríamos ser del Madrid, del Córdoba o del Fortuna de Düsseldorf. Tener envidia de alguien por la elección de su equipo de fútbol es estúpido y que sólo existe en el imaginario colectivo de aquel que, pobre de emoción y sentimiento, eligió echar la moneda en la máquina expendedora y se creyó grande porque le cayó un bocata y una Coca-Cola.

Ojo, gracias a dios, existen miles de vecinos blancos que no siguen ese mantra que los eleva a los cielos y piensa que los demás querríamos ser como ellos. No. Pero los hay que sí lo creen, tristes, que viendo que no les envidiamos el bocata y la Coca-Cola, se creen con derecho a decirte qué ser y qué sentir. Amigo mío, está claro que nunca lo vas a entender.

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