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(Fuente | Atlético de Madrid)

La ocasión lo merecía. Como una de aquellas tardes-noches del Vicente Calderón, el Metropolitano se vistió de gala y los 60 y pico mil rojiblancos que poblaron sus gradas rememoraron la naturaleza y atmósfera del legendario feudo del Manzanares.

No era, y no es. Y muy posiblemente nunca será igual. El Vicente Calderón, para propios y extraños; para los que lo visitaron miles de tardes y los que tan solo lo pisaron una vez, tenía un misticismo sin similitudes en todo el planeta fútbol.

(Fuente | Atlético de Madrid)

Un aura que, muchas veces alimentada por la afición del Atleti, parecía ser un ente independiente a la hinchada, como si fueran dos elementos diferentes que se complementaban a la perfección.

El Metropolitano no es así. No a día de hoy, pero anoche dio el primer paso para tomar el testigo con honores. Se disfrazó de Calderón. Ya desde el calentamiento, el frío hormigón de Canillejas cogió calor y color como no había hecho, prácticamente, desde el día de su estreno. Pero aquel día sabía a final, a viaje, a partido en campo neutral. Anoche no fue así: anoche el Metropolitano se hizo del Atlético de Madrid tras nueve meses albergando sus partidos de local.

La afición se encendió, el partido acompañó y los jugadores de Diego Pablo Simeone (y de Germán Burgos, artífice de la hazaña desde el banquillo en el día de ayer) hicieron una de las mejores actuaciones de la temporada.

(Fuente | Atlético de Madrid)

O quizá no, pero llevados en volandas por la grada, lo parecía.

Las bufandas al viento, las banderas ondeando (hace falta remodelar ahí, que los de encima no ven bien la portería del fondo sur) y sobretodo, las gargantas. El himno retumbó a capella y el fondo sur contagió la música al resto de la grada. Anoche el aficionado del Atleti se sintió en casa y realizó un trasplante de corazón del Calderón al Metropolitano. Y el equipo se metió en una nueva final.

Y si los chicos de rojiblanco estuvieron en una nube, qué decir de los del Arsenal.

El Atleti estará en una nueva final europea.

Ahí también jugó un papel esencial el estadio. La presión y tensión del Calderón estuvo anoche presente, instalando los nervios y la falta de entendimiento constante entre ellos que a la postre supuso ver una versión totalmente opuesta a la que ofrecieron en Londres una semana atrás.

No es el Vicente Calderón, pero anoche su magia se trasladó al nuevo Metropolitano, que le pidió prestado el traje de las grandes citas para disfrazarse durante 90 minutos de él. El viejo estadio del Manzanares completó su mudanza para sacar un billete a Lyon.

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