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Foto: Marca

Ha pasado una semana desde que el Atlético de Madrid ganase su tercera Europa League en Lyon ante el Olympique de Marsella. Una semana en la que la afición rojiblanca ha pasado por todas las emociones que un ser humano abarca; desde la ira hasta la felicidad, pasando por la tristeza de una despedida que marca a una generación pero que de alguna manera se da de la forma en la que todos queríamos, e impacientes por saber qué diablos va a hacer Griezmann.

Lyon es una ciudad normalita. No es fea, pero tampoco tiene un atractivo especial. Quizá tampoco era el día para hacer turismo. La llegada, para aquellos que fueran en autobús, fue como cuando el Papa aterriza en Tierra Santa y se arrodilla a besar el suelo. Y el día tampoco invitaba a dar paseos por la ciudad. Si bien es verdad que hizo sol y a ratos llegó a hacer calor, una tromba de agua nos avisó de que aquello seguía siendo Francia, y en Francia lo normal es que llueva.

La Fan Zone de la UEFA estuvo bien: juegos, actividades y puestos repartidos por la Plaza de Bellecour, que es inmensa, y que mezcló durante horas a colchoneros y marselleses sin ningún tipo de problema.

Los problemas llegaron para acceder al estadio.

El Parc OL se inauguró en 2016 con motivo de la EURO de Francia.

Muy bonito el Parc OL, que conste, pero ni la UEFA ni el club, ni probablemente la ciudad, se prepararon bien para la odisea. Allí había más de 40 mil aficionados del Marsella, más los 10 mil valientes atléticos, y ni dios sabía para dónde tirar. Basta decir que no habría estado de más, y habría sido todo un detalle por parte de cualquiera de las entidades mencionadas arriba, que hubieran puesto a alguien que hablase castellano fluida y correctamente para que los atléticos no se sintieran en una encerrona a la francesa.

Los marselleses tampoco ayudaron, claro. Allí los había sin entrada, sin saber para dónde tirar y agolpándose en las entradas atléticas, siempre bajo la sinfonía dedicada a Jean Michel Aulas, el presidente del OL, que acabó cansando antes de empezar el partido.

En el acceso a periodistas, alguna desalmada de seguridad pretendía que varios compañeros (entre los que me incluyo) aguardásemos la cola entre el resto de aficionados, cosa que no pasa, faltaría más, en ningún estadio ni evento del mundo. Tras un tira y afloja con un crío de 18/19 años salvado en inglés, pude acceder, en mi caso, al estadio a través de una salida de emergencia y unas escaleras que bien podrían haberme llevado al cuarto de las escobas. Tras subir a un ascensor, un steward me recibió educadamente. Un steward un tanto peculiar, pues se trataba del ex-presidiario Santos Mirasierra, líder de los ultras del OM.

Los ultras del Marsella no dejaron de encender bengalas en todo el partido.

O al menos eso ponía en su acreditación, porque estaba realmente cambiado: rapado, con un tatuaje en la cara y más regordete que antaño. Ahora se explican el centenar de bengalas que aparecieron en el fondo marsellés del Parc OL. De hecho, pocas parecen.

El ambiente, como decimos, fue de encerrona. O al menos lo pretendía. Los marselleses eran 3/4 del estadio, totalmente enfervorecidos, por un córner rojiblanco que en varias ocasiones acalló al más de medio Vélodrome que había instalado en Lyon. El Atleti domó a un bravo Olympique en 20 minutos, lo que tardó Griezmann en asestar el primer golpe. A partir de ahí, los franceses, tanto en el césped como en la grada, se deshicieron como un azucarillo en el café (exceptuando a los ultras franceses, claro, que seguían con las bengalas).

El córner de Lyon ya es historia del Atleti y su hinchada.

El Atleti venció, Torres ganó un título con su verdadera camiseta, Griezmann salió más héroe que villano y Simeone dejó claro que esto es un nuevo inicio en su legendaria etapa.

El Atlético saldó su deuda con la ciudad y demostró aspirar a mucho más que la Europa League, aunque ésta será siempre aquella que celebró Fernando Torres con todos los atléticos.

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