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Foto: Atlético de Madrid

Nadie es perfecto, y menos aún a 200 pulsaciones y en el derbi más mediático de la historia jugado en Segunda B. Alberto Rodriguez, Tachi, capitán del Atlético de Madrid B, se ha convertido en tendencia la última semana. ¿El motivo? El mordisco que ha recorrido medio mundo en el derbi de filiales del pasado domingo.

Un acto cuanto menos deplorable, que cualquiera que lo vea lo reprobaría al instante. Hasta ahí estamos de acuerdo todos, incluidos los protagonistas. Ahora bien, no es comprensible la persecución y el intento de desacreditar a alguien por un error tan puntual como inapropiado. Vivimos en una sociedad en la que transmitir una idea es tan accesible que la exposición a la que se someten los personajes -mínimamente- públicos es inmensa. Y el caso Tachi es solo una prueba de ello.

El capitán de la máxima representación de la Academia ya ha pedido perdón de manera oficial a través de la web del club, ha mostrado su arrepentimiento y ha aclarado que Vinicius y él terminaron el partido con un abrazo. Suficiente. Con eso debería servir a los cazadores de brujas para frenar en su intento por desestabilizar o condenar algo por lo que ya se ha pedido perdón y no tiene mayor trascendencia. Pero parece que no basta, que solo Tachi ha cometido un error en su vida y que todos los que parecen vivir para sentenciarle tienen un comportamiento impecable cada día que pasa.

Vivimos en una sociedad en la que transmitir una idea es tan accesible que la exposición a la que se someten los personajes públicos es inmensa.

Además, sería interesante comprobar si se hubiera formado tanto revuelo si en lugar ser con Vinicius, el episodio hubiera sido con el lateral izquierdo del Adarve. Seguramente no. Todo forma parte de una sobreprotección al joven brasileño de los 45 millones de euros que juega en Segunda B.

A veces todo este circo mediático en el que el planeta fútbol está inmerso nos hace olvidar que los futbolistas también son personas. Personas que sienten, que viven, más o menos temperamentales, y no olvidemos que sobre el césped trabajan en un nivel de intensidad infinitamente más alto que en la mayoría de profesiones. Por tanto, un error puntual, sin ser reincidente y solucionado dentro del terreno de juego, tiene la repercusión que tiene por la cantidad de individuos que se creen por encima de todo cuando se expresan a través de una pantalla. Quizás deberían mirarse más el ombligo de vez en cuando.

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