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A Diego Godín no le gustan las galerías. No le gustan los focos. No le gusta ser el protagonista ni exigir reconocimiento, prefiere ganárselo. A Godín le pueden salir mejor o peor las cosas, puede jugar bien o mal, pero a Godín nunca le vamos a poder decir que no se ha dejado las “pelotas” en el campo.

Y hablamos de “pelotas” por sinonimia. Sí. Sinónimo de balón. El de oro concretamente, que tanto reclama Griezmann. Porque un Balón de Oro, en mi humilde concepción del fútbol, se echa a su equipo a la espalda cuando pierde 1-2 en su casa. O por lo menos lo intenta, baja a recibir y participa de forma activa en la búsqueda de la remontada.

Pero como el probable Balón de Oro está acostumbrándome a no darme esa sensación, prefiero cambiar el premio y hablar de ‘Pelotas de Oro’. Para Godín. Porque ese es el premio más apropiado para el Atlético de Madrid, para el coraje y corazón encaja mejor el mono de trabajo y el peinado desaguisado que los bailes de salón y el esmoquin de Armani.

Por eso soy muy de Diego Godín. Y de Griezmann, no me malinterpreten. Pero si pienso en Atleti, prefiero pensar en Godín. En un jugador lesionado durante casi toda la segunda mitad rematando el 3-2 en el último minuto y celebrando el gol cojeando mientras espera el veredicto del VAR.

Diego Godín Leal es Atlético de Madrid. Y para él no existen balones de oro. No existen los reconocimiento. Existe el verde y el sudor en cada acción. Existe el dejarse las pelotas hasta el final. Y perdonen por el vocabulario tan soez, pero Diego Godín es el ‘Pelotas de Oro’. 

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