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Foto: Atlético de Madrid

Atléticos, neoatléticos, colchoneros, rojiblancos, aficionados, ultras, simpatizantes, seguidores… lo llames como lo llames. Lo pongas recto o del revés. Pitar a Koke es un delito en las leyes rojiblancas. Y bien grave, además.

El aficionado colchonero suele sacar pecho de ser diferente. Yo lo hago. Lo somos. Lo somos porque queremos diferente. No alabamos una ruleta al borde del área pero si alentamos al delantero que corta un contragolpe en el minuto ochenta. Eso de ser diferentes nos gusta, nos sentimos cómodos.

Ser diferentes nos permite justificar no jugar a nada en 20 partidos y ganar 19 con unocerismo. Nos permite pitar a jugadores que vengan de la Castellana y luego perdonarlos si se lo gana en el verde. Pero no nos permite pitar al capitán del equipo, a Koke Resurrección, porque eso no es ser diferente, es ser eso que tanto criticamos.

Koke es un trozo del escudo. Es el peón en el campo de todos los que animamos desde la grada. Es la insignia, el capitán. Se pudo ir y se quedó. Se le criticó y se quedó. Y siempre amando al Atleti y corriendo más que nadie partido tras partido. Eso es ser Atleti. Eso es para aplaudir y jamás para pitar.

Esos que ayer entonaron sus cuerdas vocales para lanzar agudos a Koke no son diferentes. Me tomo la licencia de escribirlo porque es todo lo contrario a lo que pregonamos cuando decimos «orgullosos de no ser como vosotros». Ayer se pitó al Atleti, ayer no fuimos diferentes.

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