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Cuentan los libros de historia que una Revolución acabó con el poder de unos pocos y el sometimiento de otros muchos. Cuentan que entre 1789 y 1799, en Francia se sentaron las bases de una democracia anti-elitista que acabaría con la aristocracia que se aferraba a sus privilegios feudales.

En España, un equipo de inconformes obreros comandado por un líder carismático cumplen siete años de lucha. Más de un lustro de guerra contra una élite dominante, empeñada en extender su régimen de presupuesto y privilegios. Se han librado batallas que pasarán a la historia por la valentía de unos guerreros que osaban encararse a los más grandes en la arena.

La batalla de Santiago Bernabéu, en 2013, fue el verdadero inicio de la Revolución. En 2014 fue en el Camp Nou donde Godín coronaba a sus hombres en terreno de aristócratas. Otras batallas han sido menos satisfactorias para Simeone y sus hombres. En Lisboa se sufrió, se peleó sin su mejor guerrero y se claudicó ante la soberbia. En Milán se murió matando, pero se murió al fin y al cabo.

Sin embargo, Simeone y sus hombres luchan sin descanso. Luchan en contra de los que “han inventado” este deporte y se creen con el privilegio de enseñarte a practicar el buen fútbol. Luchan contra aquellos que creen que por vestir de blanco, blaugrana o verde chillón son moralmente superiores al resto de plebeyos, los ‘sin Champions’, que sienten amor por unos colores sin ese trofeo en su vitrina… qué locura, ¿no?.

Estos locos de rojo y blanco siguen empeñados en que se puede derrocar a la aristocracia. Que se pueden modificar los cimientos del fútbol en España. Además, creen que se puede hacer en el campo: jugando, peleando, muriendo por unos colores. No lo hacen frente al micrófono, no lo hacen con los titulares de la prensa, no lo hacen presionando a los estamentos porque se sienten perseguidos y tampoco lo hacen tirando de talonario cuando las cosas se complican.

Este cuatro de marzo, el Atlético de Madrid librará una batalla más. Será de nuevo en el Camp Nou, donde Godín hizo útiles todos los motivos de la guerra, de la Revolución. Será en un terreno donde se escuchan voces que dicen que Ter Stegen es mejor guardián que Oblak porque juega bien con el balón en los pies. Donde encumbran el buen sabor de tocar el balón con sutileza y apaño mientras dilapidan a todos aquellos que tratan de jugar como pueden para llegar a donde llegan. Porque no pueden gastarse 140 millones en uno y 140 en otro.

A las 16.15 de este domingo saldrán a pelear los intensos, los sucios, los que solo saben dar patadas contra los que mejor juegan a esto. Solo cinco puntos los separan a pesar de unos ser tan malos y otros ser tan buenos. Los locales tienen a un bajito que empuña la espada como nadie y se mueve entre las líneas enemigas con la magia de un ilusionista. Los visitantes, en cambio, tienen a once cabezones que han recortado una distancia que parecía insalvable cuando todos los daban por muertos.

La Revolución continúa. En Francia duró una década, en España está en camino y no parece que las tropas colchoneras tengan ganas de rendirse.

 

 

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